Yo seguiré soñando mientras pasa la vida

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José Ángel Buesa fue un poeta nacido en Cuba en el año 1910. Desde muy niño demostró gran interés por los poemas y más adelante desarrolló sus habilidades literarias, las cuales se adelantaban a su edad.

A los 22 años se mudó a La Habana; allí se unió a agrupaciones poéticas del momento lo que sirvió para que sus poemas llenos de romanticismo y melancolía alcancen cierto grado de repercusión. La respuesta por parte de los lectores experimentados y jóvenes fue positiva.

Buesa es uno de los poetas más relevantes del continente, sin embargo su popularidad contrasta mucho con la relevancia que tiene en su país de origen. Esto último debido a que el castrismo exilió al artista cubano por no querer dedicarle un poema a la revolución, a pesar de ser una figura reconocida por su larga trayectoria poética y de no tener participación política.

Eduardo Buesa, hijo de José Ángel Buesa, revela la razón por la que su padre se negó ante el pedido: “Mi padre se negó a la petición, lo hizo sin tener nada en contra (de la revolución), simplemente dijo que él no había escrito nada político y que realmente no sabría cómo hacerlo y que por lo tanto si lo hacía le haría daño a la revolución”. Aunque la situación fue entendida por muchas personas, otras lo tomaron a mal. Al parecer algún amigo se le acercó y le dijo que sería bueno que se fuera del país porque ya estaba en una lista negra y no tenía nada que buscar en Cuba.

Después de pasar por varios países se quedó en República Dominicana, ejerciendo como catedrático de literatura en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña. Fue también en esta nación centroamericana donde vivió sus últimos días hasta su muerte en 1982.

El Final de Buesa fue en cierto modo desmerecedor. Pero sus poemas se encargaron de reivindicar su memoria, sobresaliendo entre sus más variadas composiciones “La fuga de las horas”, “La vejez de Don Juan”, “Lamentaciones de Proteo” y “Poemas en la arena”. Si bien es cierto la crítica no siempre estuvo de su parte, poemas como “Elegía para ti y para mí” prevalecerán en el tiempo.

Como muchos de los escritores, Buesa reflejaba en sus poemas situaciones de su vida. Es sorprendente como en algunos de sus escritos tienen un tono romántico y de felicidad. Sin embargo, otros de sus poemas traslucen un sentimiento sombrío de zozobra y sufrimiento.

En los versos de “Ya era muy viejecita” narra el agonizante dolor que le tocó sufrir cuando su madre falleció mientras él se encontraba exiliado de Cuba. Buesa encontraba la inspiración en el sufrimiento, o quizá solo desquitaba su dolor a través de una pluma y un papel. Sea como sea, está claro que tenía el don de transmitir sus sentimientos a través de la escritura.El siguiente poema, como ya se dijo antes, es uno de los más icónicos dentro del repertorio de Buesa.

ELEGÍA PARA TI Y PARA MÍ

I
Yo seguiré soñando mientras pasa la vida,
y tú te irás borrando lentamente en mi sueño.
Un año y otro año caerán como hojas secas
de las ramas del árbol milenario del tiempo,
y tu sonrisa, llena de claridad de aurora,
se alejará en la sombra creciente del recuerdo.

II
Yo seguiré soñando mientras pasa la vida,
y quizás, poco a poco, dejaré de hacer versos,
bajo el vulgar agobio de la rutina diaria,
de las desilusiones y los aburrimientos.
Tú, que nunca soñaste más que cosas posibles,
dejarás, poco a poco, de mirarte al espejo.

III
Acaso nos veremos un día, casualmente,
al cruzar una calle, y nos saludaremos.
Yo pensaré quizás: «Qué linda es, todavía».
Tú, quizás pensarás: «Se está poniendo viejo».
Tú irás sola, o con otro. Yo iré solo, o con otra.
O tú irás con un hijo que debiera ser nuestro.

IV
Y seguirá muriendo la vida, año tras año,
igual que un río oscuro que corre hacia el silencio.
Un amigo, algún día, me dirá que te ha visto,
o una canción de entonces me traerá tu recuerdo.
Y en estas noches tristes de quietud y de estrellas,
pensaré en ti un instante, pero cada vez menos.

V
Y pasará la vida. Yo seguiré soñando,
pero ya no habrá un nombre de mujer en mi sueño.
Yo ya te habré olvidado definitivamente,
y sobre mis rodillas retozarán mis nietos.
Y quizás, para entonces, al cruzar una calle,
nos vimos frente a frente, ya sin reconocernos.

VI
Y una tarde de sol me cubrirán de tierra,
las manos, para siempre, cruzadas sobre el pecho.
Tú, con los ojos tristes y los cabellos blancos,
te pasarás las horas bostezando y tejiendo.
Y cada primavera renacerán las rosas,
aunque ya tú estés vieja, y aunque yo me haya muerto.

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