RURAQ MAKI: CUANDO LAS MANOS SON PROTAGONISTAS DE LA HISTORIA

0
276
RURAQ MAKI: CUANDO LAS MANOS SON PROTAGONISTAS DE LA HISTORIA
5 (100%) 1 voto

Perú es uno de los típicos países que siempre sorprende porque, de tiempo en tiempo, en su amplio territorio costeño, amazónico y andino, se redescubren diferentes manifestaciones culturales, que si bien están plasmadas en los libros de historia y practicadas actualmente por diversos artesanos y grupos étnicos, no son revalorizadas o, simplemente, sufren la indiferencia colectiva.

Sin embargo, a través de diversas actividades culturales, diferentes instituciones han logrado agrupar a los artesanos de peruanos que, cada cierto tiempo, muestran sus trabajos en espacios, en algunos casos fijos, otras veces, itinerantes. Uno de los espacios que me llamó la atención fue Ruraq Maki, vocablo en lengua quechua que significa “hecho a mano”, organizado por el Ministerio de Cultura que logró reunir a 130 colectivos y artistas populares independientes que provienen de 22 regiones del país, quienes entre el 20 y 30 de julio, tuvieron la oportunidad de exhibir y vender sus muestras artísticas.

Hacía unos días quise visitar las actividades culturales de Lima. Luego de algunas sugerencias y el interés personal por recoger historias, me decidí por visitar Ruraq Maki. Antes de llegar a la feria, específicamente a la sala Kuélap del Ministerio de Cultura, en el pasadizo observo detenidamente las muestras de artistas de las comunidades nativas de la Amazonía. Me detengo por instantes para apreciar hasta los mínimos detalles de los cuadros pintados, según me explica la expositora, con pintura natural por artistas que integran el colectivo de la Comunidad de Cantagallo. En ese instante, cautivado por la imagen, decidí sacar la cámara fotográfica que llevaba en el morral, la encendí, enfoqué el objetivo, y cuando llevaba mi dedo índice a presionar el botón que finalmente imprimiría la imagen requerida, sentí una palmada sobre el hombro. Me detuve en mi intento de fotografiar, y escuché una voz aguda que me advertía que, efectivamente podía tomar foto a las muestras, mas tenía que abstenerme del uso del flash. Sentí un alivio, pero fui invadido por un miedo interno que me obligó a abandonar el lugar y seguir el trayecto.

Llegué a la puerta de la sala Kuélap. Cámara en mano, observé una inmensa cantidad de artesanos frente a frente con los posibles compradores. No me apresuré a ingresar, hasta que, luego de haber realizado un minucioso recorrido visual, vi muy cerca de mí a una mujer andina, tejiendo mientras algunos curiosos la observaban. La destreza con que movía las manos, que aunque no lucían maltratadas, reflejaban los años de trabajo y dedicación. Mientras tejía, di unos pasos hacia atrás, la apunté con la cámara y disparé. Todo sucedió tan rápido que, al retirar mis ojos del visor, noté que mucha gente me veía. No era para menos, el disparo estuvo acompañado del flash. Al notar que dejaban de observarme, me acerqué a la tejedora. Temeroso aún después del incidente, pude acercarme a recoger su historia. Se trata de la señora Santusa Cutipa, puneña de nacimiento. La noté muy orgullosa de sus trabajos. Me cuenta muy emocionada de cuán importante es para ella difundir sus tradiciones.

“Gracias a estos tejidos mi hija es profesional”, me comenta mientras me muestra una chompa de lana, que seguramente le tomó algunos días tejerla, pero que su tenaz persistencia en representar a su tierra natal en un evento tan importante, la llevó a no detenerse en su confección. Aunque ella se sienta feliz al contarme la historia de sus tejidos, cambia su tono de voz cuando me habla de cómo es que se inicia en el mundo del telar. “Yo aprendí a tejer a los 7 años”, me dice. Fue su madre quien le inculcó este arte. Santusa en los inicios solo se dedicaba a realizar intercambios con otros productos. Sin embargo, ella llegó a capacitarse en diversos talleres en Puno, lo cual contribuyó a que finalmente fuera invitada por los organizadores de Ruraq Maki.

Luego de una pausa, me dirijo a un nuevo stand, adornado por caballitos de totora de todos los tamaños y en todos los diseños. En este viaje imaginario al norte peruano, me encuentro con Agustín Piminchumu Díaz, un artesano quien, además me comenta, se ha titulado cuatro veces en esta rama. Al observar los trabajos de Agustín, pienso que su relación con el mar es muy estrecha. Con 82 años de vida, el creador del patacho, una embarcación creada por don Agustín para colocar la imagen de San Pedro para que sea paseado en procesión por las olas del balneario de Huanchaco, me cuenta que le llevó a inventar el patacho. “Yo estaba en altamar a la deriva durante nueve días, pedí a San Pedro y a Dios para que me traigan a tierra, y así fue”, comenta mientras acomoda algunas de sus muestras. Imagino que quiere disimular su notable congoja, al recordar aquella odisea que, estoy seguro, no es la única.

El artista natural de Huanchaco, además de caballos de totora, conforme ha visto la inserción de nuevos medios de transporte en el mar, ha optado también por realizar lanchas, yates y barcos en tamaños de miniatura. Sin embargo, luego de tantos años dedicados a este arte, siente que debe hacer algo por su país a favor de la cultura, sueña extraño oír eso de alguien que ha difundido incansablemente una de las manifestaciones culturales de la Cultura Moche. “UNESCO me ofrece hacer una escuela en Huanchaco, ojalá se cumpla”, alcanza a decir. Evidentemente, Agustín quiere que su arte perdure, que sus sucesores conozcan las historias de sus antepasados, que los jóvenes dediquen un tiempo a la difusión de sus tradiciones. El maestro trujillano quiere que haya más manos contando historias, y por los menos una escuela artesanal, ese es su sueño, quizá el único y último.

Me despido de Agustín, a quien considero una escuela artística viviente, para ir en busca de algún artista de la Amazonía. Mientras busco más historias, siento pasar a través de las pupilas, ponchos coloridos, trabajos artesanales hechos de madera, veo a los mismos artistas tallando, muy concentrados, diversas imágenes que se relacionan con su cosmovisión. A lo lejos observo algunos cuadros que llaman automáticamente mi atención y son de los artistas a quienes busco. Me acerco al stand, observo los trazos, la combinación de colores, la relación hombre-naturaleza. Me atiende el pintor, David Ramírez Nunta, de la Comunidad Shipiba de Cantagallo. David lleva el arte en las venas, pues aparte de pintor es también músico.

De origen pucallpino, el shipibo David Ramírez Nunta, cuyo nombre en su lengua nativa es Inin Sui, se dedica a difundir las tradiciones culturales de su comunidad desde los siete años. Me comenta que a esa edad, mientras su abuela realizaba los trabajos cerámicos, él los pintaba. A los catorce años fue integrado al Colectivo Cantagallo, junto a otros jóvenes, y en el 2006 realizó su primera exposición artística. Además, me comenta que su arte se apoya en la medicina natural amazónica, el ayahuasca; en este sentido, los trabajos artísticos que realiza son visiones producto de esta práctica tradicional. “Pintar un cuadro me puede demorar un mes a más”, soslaya. Sus cuadros, en su mayoría, representan a la familia. “Los puntos pequeños en esta pintura son los niños, y los grandes, los abuelos”, me vuelve a aclarar al verme observar el cuadro, además agrega que “los abuelos siempre están de nuestro lado, nunca nos abandonan”. Reflexiono, y siento que a los abuelos a quienes se refiere David, no necesariamente representan los padres de sus padres, sino que a sus antepasados en general, a quienes honra, no solo difundiendo sus prácticas milenarias, sino también, los ha hechos suyos, una parte importante de él, una pieza fundamental en su concepción de la cosmovisión amazónica y la relación hombre-naturaleza.

Luego de capturar algunas imágenes, y acercarme a un nuevo stand, un nuevo artesano me advierte. “Si me vas a grabar o preguntar, tienes que sacar permiso”. Al preguntar en otros puestos, compruebo que, efectivamente estaban prohibidos de declarar o dar datos a extraños sin el consentimiento del organizador. Esto se debía, principalmente, a que en anteriores ocasiones, muchos artesanos sufrieron la estafa de algunas personas que se acercaron, aparentemente con buenas intenciones y que finalmente, terminaron siendo delincuentes. En aquel instante, y como ya había recogido algunas historias, continué, ya sin la cámara, recorriendo por otros stands.

El artesano huancaíno, Alejandro Osores Cipriano, quien se dedica a realizar los mates burilados, me da algunos alcances de esta impresionante práctica tradicional. Él es natural del pueblo de Cochas Grande, que a partir de las pequeñas calabazas que son traídas del norte del país, realiza trabajos espectaculares de tallado y pintado. Producto de los materiales norteños y las manos huancaínas, surge los famosos mates burilados, únicos del Valle del Mantaro, que Alejandro los expone en esta feria.

Hay algo que tienen en común las historias de Santusa, Agustín y Alejandro. Es que, a diferencia del joven shipibo, ellos tienen hijos que no se han dedicado a la misma actividad que sus padres, pues fueron educados y tomaron diferentes rumbos. Por ejemplo, la hija de Santusa es trabajadora social y locutora en una radio puneña; los hijos de Agustín, según me comenta, viven en el extranjero, y los de Alejandro están en la ciudad, estudiando. Esta crónica fue realizada con el objetivo de visibilizar a nuestros artesanos que luchan, contracorriente, para seguir difundiendo las manifestaciones culturales de sus antepasados. Es un homenaje a quienes difunden la historia con el arduo trabajo de las manos, ya sea tallando, tejiendo o trazando; en realidad, son manos que cuentan historias.

Deja un comentario