LAS REBELDÍAS DE VARGAS LLOSA

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Para sus críticos, Mario Vargas Llosa es un lacayo del poder. Confirmar o desmentir esta hipótesis sería un esfuerzo baldío porque lo importante de un escritor es lo que escribe. Y las obras del arequipeño son un canto a la rebeldía. Tomemos, como muestra, Pantaleón y las visitadoras. A primera vista, el capitán Pantaleón Pantoja es todo lo contrario de un subversivo. Oficial modelo, nadie como él para cumplir una misión con el perfeccionismo más desmesurado. Cuando sus jefes le encomiendan la insólita tarea de organizar un servicio de prostitutas que atienda las necesidades de la tropa, su dedicación será, como siempre, máxima. Se produce entonces el hecho inesperado: la lógica de este cultivador de la excelencia, llevada hasta el último extremo, va a dinamitar el universo rígido de la institución castrense.

La rebeldía de Pantaleón nace de su coherencia inexorable. Si las “visitadoras” trabajan para los militares, no hay duda de que deben ser tratadas como una parte más de las fuerzas armadas. Lo que implica, entre otras otros aspectos, velar porque disfruten de derechos sociales. Cuando una de ellas cae asesinada, su reacción, en apariencia absurda, provoca la indignación de los mandos. ¿Qué hace un oficial pronunciando el elogio fúnebre de la difunta? Sin embargo, Pantaleón no deja de moverse dentro de una razón que, a fuerza de ortodoxa, acaba por ser heterodoxa. Si ha muerto uno de los nuestros, nada más apropiado que rendirle los últimos honores.

Es, por tanto, el absurdo del poder, representando en este caso por las fuerzas armadas, lo que coloca al individuo frente a un dilema moral. Aceptar con pasividad las órdenes o ser obediente a la propia conciencia. Pantaleón no quiere retar al ejército, pero no puede dejar de ser fiel a lo que su estricto sentido del deber le dicta. El eco del pensamiento de Albert Camus es evidente. El autor galo escribió que la rebelión “nace del espectáculo de la sinrazón, ante una condición injusta e incomprensible”. Vargas Llosa recrea precisamente una situación surrealista: las disposiciones arbitrarias de las autoridades convierten a un hombre ejemplar en un proxeneta. Con la obligación de guardar secreto, de forma que su vida familiar empieza a desmoronarse porque su esposa ignora el motivo de su extraño comportamiento.

En Los círculos morados, su extraordinaria autobiografía, el novelista chileno Jorge Edwards recuerda que alguien afirmó que los escritores sólo conocen un arte, el del tema y las variaciones. Vargas Llosa, con los años, se ha convencido la verdad de un aserto que, de joven rechazaba, pero ahora, siguiendo a Roland Barthes, cree probable. En Cinco esquinas, su última novela hasta el momento, convoca una vez más a sus viejos demonios: el Perú, el sexto, la ficción… En cierto sentido, su historia puede leerse como una segunda parte sui generis de Pantaleón y las visitadoras, de la que toma motivos y recursos estilísticos. El lector empieza a percibir las similitudes con uno de los protagonistas, Rolando Garro, director de la revista amarilla Destapes, que vive, más bien malvive, provocando escándalos. “El Sinchi ha vuelto”, se dice uno mientras recuerda al desvergonzado periodista que acaba enfrentándose a Pantaleón.

Con su crítica a la irresponsabilidad del cuarto poder, el Nobel peruano insiste en la banalización del mundo, tema que ya había abordado, de forma ensayística, en La civilización del espectáculo. Pero, en esta ocasión, se centra sobre todo en la utilización de la prensa por parte del poder político. Fujimori y su perverso segundo, Montesinos, saben que pueden utilizar a los periodistas para destrozar la reputación de cualquiera. El sensacionalismo, en sus manos, se convierte en un arma eficaz y sistemática al servicio de la dictadura.

En diversas declaraciones, nuestro escritor ha expresado su pesar por la deriva del periodismo actual hacia la falta de rigor. Se trata de una realidad que le toca una fibra íntima porque, de hecho, nunca ha dejado de ser reportero desde que hiciera sus primeras prácticas en un diario limeño. Desde entonces, pasó por todas la secciones de un periódico excepto la de crónica social. De ahí que tenga en mucho respeto una profesión que, a sus ojos, constituye una forma de aventura.

La “Retaquita”, nombre por el que es conocida, a causa de su corta estatura, Julieta Leguizamón, es el mejor personaje de Cinco esquinas. Una “auténtica Lisbeth Salander del subdesarrollo”, en palabras del periodista cultural español Sergio Vila-Sanjuán. Redactora estrella de Destapes, es la mano derecha de Rolando Garro, al que profesa una lealtad a toda prueba. Nadie más eficaz para conseguir una primicia escandalosa porque, periodista de raza, sería capaz de matar a su madre por cualquier gran noticia. Es la mejor haciendo su trabajo y eso la hermana con Pantaleón: ambos están metidos en asuntos turbios que encaran con una óptica profesional. Las cosas tienen que hacerse y tienen que hacerse bien. Ambos son, además, subordinados a los que cualquier esfuerzo les parece poco para cumplir las órdenes.

En circunstancias normales, la Retaquita no pasaría de reportera de un medio de tercera fila. Solo que vive en un país donde el régimen ha convertido en habitual la extorsión y asesinatos como el de Rolando Garro. Con la desaparición de su jefe, Montesinos a ver a Julieta y le propone un pacto digno de Fausto: puede ser la nueva directora de Destapes, puede tener el sueldo que ella misma fije. A cambio, ha de investigar a quién el tenebroso doctor le diga, defender a quien le diga que defienda. Pero, sobre todo, su cometido principal es joder a quién el segundo de Fujimori le indique.

Si acepta, la Retaquita tendrá garantizado su futuro material. Aunque a cambio venderá su alma. Por suerte, su estatura es inversamente proporcional a su audacia, así que finge que el trato le interesa mientras se guarda una bala en la recámara. O más bien un botón nuclear. El clímax de Cinco esquinas se alcanza cuando, en un giro inesperado, la protagonista publica una edición especial de Destapes en la que saca a la luz los trapos sucios de Montesinos. Su gesto es heroico, grandioso. A lector le dan ganas de ponerse en pie y vitorearla. Se produce así una ironía devastadora. Porque no son los periodistas respetables los que han tenido el valor de enfrentarse con la dictadura. Ha tenido que ser la jefa de una publicación del tres al cuarto la que recupere, jugándose la vida, la dignidad de la prensa.

El eco de Camus se percibe una vez más. El autor de Calígula, en un polémico ensayo, definió al hombre rebelde como el hombre que dice “no”. Eso es precisamente lo que hace Julieta: dar un gigantesco “no” a un gobierno que desprecia los derechos humanos más básicos. Su desafío a Montesinos es su manera de plantarse, de fijar un límite a la tiranía. Vargas Llosa nos viene a decir que, si todos sus compañeros de profesión tuvieran el mismo coraje, el fujimorato no hubiera podido sobrevivir. De la misma manera, Perú sería un lugar muy distinto, la Suiza de América, si todos sus ciudadanos fueran tan concienzudos en el cumplimiento de sus obligaciones como el capitán Pantaleón Pantoja.

Francisco Martínez Hoyos es Doctor en Historia por la Universidad de Barcelona.

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