LA DANZA DE TIJERAS EN UN PAÍS DE TODAS LAS SANGRES

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El 18 de enero último se celebró el aniversario 106 del nacimiento del célebre escritor, antropólogo y etnógrafo andahuaylino, José María Arguedas, en medio de un conjunto de homenajes a cargo de diversos grupos sociales y académicos.

El denominador común de las actividades, es que todas finalizaban con presentaciones artísticas en las que se resaltaban el folclore andino, y que muchas de ellas han sido magistralmente retratadas en los textos de Arguedas.

Uno de los espectáculos más esperados fue la danza de las tijeras, declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en el 2010. En esta danza se establece el reto entro los danza. (danzantes), con tijeras de acero en mano, al ritmo del arpa y el violín.

Mientras aprecio el espectáculo, recuerdo la plaza de armas del distrito huancavelicano de Colcabamba, donde tantas veces fui testigo de los más duros enfrentamientos entre los danzantes cuyos nombres, la mayoría en quechua, evocaban a seres mitológicos andinos.

Es así como, en medio de alegría y melancolía lejos ya de Colcabamba, se me vienen a la mente los nombres como Condenado, Ccarccaria, Chicchi para, Ayahuanto, Yana allcco, Yana misi, entre otros.

Asimismo, recuerdo que en los niños, durante los meses de diciembre y enero se imponía una moda: ¡todos queríamos ser danzantes! No nos acompañaban las tijeras ni mucho menos el arpa y el violín, pero nos ingeniábamos para que la competencia pareciera real.

Pues como sostiene la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), el duelo entre los bailarines, llamado atipanakuy en quechua, puede durar hasta diez horas.

La danza, llena de rituales místicos, culmina con la elección del mejor danzaq. Para ello, se toman en cuenta la capacidad física de los danzantes, la calidad de los instrumentos (sonidos del arpa y violín y la perfecta armonía con el sonido de las tijeras), y la competencia de los músicos que acompañan la danza quienes cantan, guapean y animan la festividad.

Hace algunos años, este tipo de actividades solo se podían presenciar, con mayor frecuencia, en las regiones andinas como Junín, Ayacucho, Huancavelica, y Apurímac. Sin embargo, con el proceso de la migración del campo a la ciudad, los inmigrantes se han podido organizar en clubes provinciales y regionales para preservar sus costumbres y tradiciones.

Desde entonces, con la organización de las regiones en la capital, todas las festividades folclóricas se han trasladado hacia Lima. Solo basta con revisar las redes sociales y ser testigos de la cantidad de actividades que se organizan en la misma fecha que en las regiones.

Yo, por ejemplo, me entero de las fiestas costumbristas huancavelicanas revisando las páginas de los clubes provinciales. Esta acción resultaba muy difícil, por no decir imposible, antes de la llegada de las redes sociales.

Sin embargo, la presencia de las tradiciones en la ciudad, la creación de los clubes regionales y provinciales se dieron gracias al impulso de Arguedas, quien fue el principal impulsor de estas actividades.

“Si hoy las distancias sociales y culturales en nuestro país han comenzado a acortarse, si las heridas y la rabia de la imposición colonial comienza a cicatrizar, mucho de ello se lo debemos al autor de Todas las Sangres”

Afirma la socióloga Carmen María Pinilla, encargada del Archivo José María Arguedas de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

Además agrega que el reto que se impuso el amauta andahuaylino fue impulsar la construcción de una sociedad donde los peruanos seamos libres de vivir a nuestro gusto, sin imposiciones, pero con la posibilidad de fraternizar y enriquecerse con los intercambios que vienen de la potencia de nuestro pasado.

En este sentido, el violinista ayacuchano Máximo Damián Huamaní (1936 – 2015), quien además fue un entrañable amigo de Arguedas, inmortalizó junto al escritor diferentes piezas musicales del folclore nacional entre una de las preferidas del escritor andahuaylino fue La agonía de Rasu Ñiti, sobre la danza de tijeras.

Tal fue la importancia que le dio José María Arguedas al folclore andino, que en una carta, antes de suicidarse disparándose un tiro en la sien en 1969, le pidió a Máximo Damián que durante su cortejo fúnebre, tocara las canciones Coca Quintucha y La agonía de Rasu Ñiti.

Por ende, todas las actividades folclóricas que se realicen en todo el Perú, sobre todo en la capital, son una reivindicación a nuestra cultura ancestral, una muestra de nuestras costumbres y tradiciones, una forma de demostrar que somos un país con muchas diferencias, pero que dentro de ella, ¡Somos un país de todas las sangres!

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