INTRÍNSECO FEMENINO

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INTRÍNSECO FEMENINO
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“¿Por qué la mayoría de las representaciones artísticas de la actualidad aún son realizadas por hombres? ¿Por qué hay mayores reflectores y mayor atención a lo que hacen los artistas hombres que las mujeres?”. Con estas palabras, una querida amiga me escribía, cuestionando el predominio mediático y representativo masculino del sector cultural, sobre todo en el peruano (y, claro está, el amazónico).

Existe una situación real y palpable: La presencia hegemónica masculina en estos espacios puede ser aplastante y probablemente también cuestionable. Motiva hacerse también algunas preguntas: ¿Solo los hombres pueden representar a la mujer?, ¿por qué la sensibilidad femenina expresada por mujeres podría ser menos valiosa que la de un hombre?, ¿por qué existen más fotógrafos hombres que mujeres trabajando en el sector cultural?, ¿ganan más los hombres que las mujeres? y ¿cuál es la justificación objetiva para que suceda esto?

En el arte y la actividad cultural, espacio en apariencia más igualitario y abierto, el discurso se ha manifestado, a veces velado, a veces desembozado. No hace mucho, le hice una entrevista a Ana Varela, gran escritora loretana y ganadora del premio Copé de Poesía por un extraordinario libro llamado “Lo que no veo en visiones”. En un momento de la charla, hablamos del tema, desde el plano literario (aplicable a otras manifestaciones y disciplinas):

¿A qué crees tú que se debe la ausencia o gran escasez de escritoras mujeres y de poesía escrita por mujeres en la Amazonía?

Yo creo que se debe a la falta de respuesta de las mujeres a una tradición que se impone desde la sociedad misma, y en la cual la literatura, como otros asuntos, está confinada a un papel secundario. Persiste un pensamiento muy fuerte que confina a la mujer al simple oficio de ama de casa, cocinera, lavandera o –en el mejor de los casos– madre. Y, claro, la literatura, que debería ser percibida como una profesión, se vislumbra casi como una osadía, dentro del machismo imperante en nuestros países.

Si hurgamos más profundamente, podríamos elaborar un sostenido análisis sobre las imposiciones del lenguaje y la manifestación artística de la mujer, hecha por hombres, y si estas, de por sí, al margen de la calidad y genialidad de sus autores, debe ser aceptada como única o definitiva.

Hace unos meses, la galería del Instituto Cultural Peruano Norteamericano de Pucallpa inauguró una exposición colectiva llamada “Intrínseco Femenino”. Cuatro artistas planteaban una búsqueda y un encuentro consigo mismas, desde la exploración del cuerpo, la evocación, el contacto con el entorno o la naturaleza, la reconciliación con el dolor de ser en una coyuntura que puede ser fácilmente agobiante.

Las cuatro series expuestas reflejaban diversos procesos físicos y emocionales. Verónica Cerna (1991, Lima), plantea en “El teatro invisible” la observación atenta, casi voyerística, del otro, así como los límites de lo público o privado. Karen Ramos. (1992, Lima) armaba la secuencia “Connatural”, que atrapaba la naturaleza y la diseccionaba desde su encuentro mismo, a través del cuerpo y el anhelo de reconexión con lo silvestre. Rocío Pardo Lu. (1979, San Vicente de Cañete) convertía la soledad en compañía, en puerta de creatividad, en energía misma para la mujer. Luana Riva Mey. (1998, Ucayali), en cambio, a través de “Reminiscencias del inconsciente”, escudriñaba atentamente, dinamitaba recuerdos, hacía catarsis, buscaba, tropezaba, caía y volvía a levantarse, buscando una salvación, un renacimiento.

Más allá de lo que se mostraba en el ámbito estético y sutil, la exposición apuntaba hacia algo mucho más importante: cuestionar los esquemas de cómo la realidad representaba a la mujer, los patrones sociales con que se ha ido confinando a la figura femenina a ciertos estereotipos. El cliché de “bellas” (en la acepción más básica y endeble del término) se superponía y elevaba, mostrando nuevas perspectivas, desde la identidad, la autonomía y la transformación del arte en un vehículo para plantear cambios.

No podemos negarlo; vivimos en una sociedad machista, en que los niveles de violencia contra la mujer han llegado a cifras alarmantes, los que han motivado la irrupción de movimientos sociales como “Ni Una Menos”. Aún persiste, en pleno 2017, discursos de cosificación o menosprecio de la mujer, en los que se la relega a segundo plano, se la confina a ser una suerte de convidada de piedra en varios ámbitos. Por eso resulta saludable encontrar en exposiciones como esta, y que más mujeres sean protagonistas. Necesitamos más manifestaciones que promuevan la dignificación, reivindicación e igualitarismo, tan necesarios hace tiempo dentro del sector cultural peruano.

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