EL PIRATA

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A finales de los años noventa mi barrio estaba lleno de personajes famosos. Algunos, además de famosos, eran temidos. Hablo de una ensenada con kilómetros y kilómetros de calles sin pavimentar. Barrios que la gente bonita de la Moderna no conocía, o decía no conocer y que después de algún party, no te querían dar un raite a tu casa. Como mucho te acercaban a Valle Verde, los límites de la raquítica clase media Ensenadense.

El temor, aunque exagerado, tenía algo de fundamento. Hommies viejos como el Social, el Batman o el Jaloma tenían aquejada a la raza. A los que éramos locales también. Vivíamos con el temor de que te quitaran los zapatos Alpine o que te bajaran la gorra, chingadazo mediante.

Pero esos tiempos fueron pasando. Decía el Aldo, no sin nostalgia, que los cholos ya eran metrosexuales también. Chololeikers les llamaba. El tiempo pasó y algunos hommies fueron desapareciendo. Fueron desapareciendo las baikas arregladas y las ranflas cholas. Las rolas de los Creedence poco a poco se vieron sustituidas por el reggaetón que todo consume. También por los corridos alterados.

La droga hizo sus estragos también.

Los hommies que sobrevivieron a la chiva no tuvieron la misma suerte con el criko. Los consumió hasta los huesos. Los que tuvieron suerte se volvieron cristianos. Predicadores de la salvación que se pasean entre perros callejeros y taquerías bien trajeados. Con la Biblia bajo el brazo y la sonrisa arrogante del sobreviviente. Del que conoce la verdad. Otros muchos se dejaron de ver porque están en las cárceles. Consumiéndose igualmente, pero no a la vista de todos.

Hay otros, sin embargo, que siguen por las calles. Peinados y vestidos como si el tiempo no hubiese pasado. Con la malla transparente. Peinados para atrás. Con los pantalones Dickies bien planchados. Los zapatos bien lustrados. Bien shainados los vatos.

Uno de estos era el Pirata.

Lo recuerdo desde morro. Daba miedo el vato porque estaba bien troster. Dice el Berni que el chuky de Punta Banda está genéticamente modificado para marcarte los abdominales. Yo creo que no era el caso del Pirata porque estaba así antes de esos tiempos.

Era bravo y temido. Yo lo recuerdo bajando a la tienda de Don Villa a comprar sodas. Caguamas los fines de semana. Siempre acompañado de las cholitas más rifadas y guapas del barrio.

Como muchos hommies, se enamoró, se casó y tuvo hijos. Más de una vez, por supuesto. Una de esas veces se metió a la Marina y lo dejamos de ver.

Regresó un tiempo después. Lo habían expulsado. Regresó más fuerte y más temible. En su batalla había perdido un ojo. No es metáfora. Le faltaba un ojo y llevaba un parche. Obvio, la raza del barrio lo empezó a llamar el Pirata. No sé si por la Marina, por el parche o porque el vato había extraviado, además, la razón. Quizá por todo esto el Pirata era el Pirata.

Yo me fui del barrio y lo veía de vez en cuando. Los últimos años le agarré cariño porque era leal con mis padres. Soy un hijo que dejó el hogar muy joven y se me hacía que el morro hacía cosas que tuve que haber hecho yo. Barría el patio. Lavaba el carro. Braveaba a la raza que le parecía sospechosa. Le decía a mi mamá “señora” y a mi papá “comandante”. Con decirles que los últimos años se llevaba a pasear al perro de mi mamá y hasta cuidaba a mi sobrino de un añito. Lo más raro es que parecía no hacerlo por dinero. Porque mis papás le pagaban. Lo hacía yo creo por cierto tipo de aprecio. Mi familia debe tener muchas cosas malas pero tienen la sana virtud de no juzgar a la gente. Menos a la gente del barrio. Cada persona vive su infierno, parecen decir con su habitual desencanto.

En enero vi al pirata. El vato se me acercó porque estaba oyendo reggae de Tike Jah Fakoli y me dijo que a él le gustaba Bob Marley. Pero que no estaba mal eso que oía. Se rió y me dijo. Se me antoja un buen shurro. Me dio cura ver su cara agrietada reír y el parche arrugarse. Su bigotillo bien cortado. Sus dientes amarillos. Sus brazos fuertes y su piel bronceada. Lo vi lleno de vida y, mira lo que son las cosas, hasta lo vi lleno de esperanza.

Le di 100 pesos por haber limpiado el carro y me dijo gracias morro, no quieres que te pasee al perro. Le contesté que no, que me lo llevaría yo. Era boy me contestó. Era boy.

El Pirata hablaba sólo.

A veces, por la noche, se le veía caminar dando tumbos.

A veces dormía en los separos de la policía.

El Nano me decía que a veces robaba carros o se metía en las casas.

Yo que sé. Para mí era como un sobreviviente de la pobreza más feroz. Esa que se vive con naturalidad en el barrio.

Ayer me enteré que había muerto. Mi mamá me comentó que se había caído y se había dado un golpe en la cabeza. Vino la Cruz Roja y después la Judicial.

A mí se me hace que lo mató su hermano. Se peleaban musho. Me dijo mi mamá con esa naturalidad que me da escalofríos.

Dice mi mamá que las autoridades investigarán pero todos sabemos que no lo harán.

Busqué en los diarios si su muerte salía en alguna parte. Ninguna noticia habló de él.

No sé si es la distancia o la edad.

Quizá es la astenia primaveral.

Pero no puedo evitar sentir la pena que siento.

Eso que apenas lo conocí. Eso que no sé ni su nombre.

Buen viaje Pirata. Ya nos encontraremos en algún océano.

Víctor Corona estudió Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Guanajuato y el doctorado en la Universitat Autònoma de Barcelona, España. Actualmente es investigador en la Universitat de Lleida.

El artículo y las fotos se publican en alianza con SOMOSMASS99 de México.

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